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Placeres
Hacia lo Desconocido |
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Siempre me gustó estar
en la vereda de enfrente.
Te permite ver cosas que otros, a simple vista, no pueden observar.
Y este domingo, mientra leía el diario, acerté
a mirar el balcón de la señorita que vive en el
edificio cruzando la calle.
Mi estratégica ubicación (un poco más arriba,
un poco más al costado) me permitía observar los
preparativos para su desayuno.
Hummm! pensé: Vegetariana. Pero el "femenino singular"
pasó velozmente a "femenino plural", atrayendo
mi atención.
Tiré el diario al suelo (en realidad, ya estaba queriendo
tirarme otra cosa) y me abalancé sobre el cajón
en el que pulcramente descansaba el binocular que me había
obsequiado tía Herminia (fanática de la ópera,
ella) y que yo creía (ingenuo de mí) que nunca
iba a usar.
Valió la pena. Lo que a simple vista parecía un
inocente desayuno se convirtió en un placer desconocido.
Y al cabo de la tercera fruta me descubrí sobándome
desenfrenadamente el bulto. La imagen de sus cuerpos semidesnudos,
entrelazados, no era tan fuerte como la sensualidad de sus gestos;
sus lenguas gustaban zumos que yo quería beber, sus dientes
rozaban pulpas que yo quería morder. Y, aunque a esas
alturas ya era roca pura, soñaba con convertirme en uva
o frutilla...
Eso sí: nunca un binocular cambió tantas veces
de mano.
Ese domingo, a la noche, me descubrí preparando, nostálgico,
una tortilla de bananas y mirando ruborizado al balcón
de enfrente. |
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