Sexmujeres Revista OnLine

¡Ay Emilio! ¡Ay Emilio!. Y pensar que eres un hombre tan importante y, según dicen, escribes tanto... Lo que no entendemos es por qué en todos los sitios publicas el mismo cuento. No importa, aunque pretendas aprovecharte de sitios tan pequeños como el nuestro para seguir acrecentando tu fortuna y tu fama, nosotros lo vamos a publicar igual. Te salvaste porque lo recibió V.V.Verduschi y el pobre viejo se tomó el laburo de retipearlo en su vieja Remington porque, para imprimirlo desde la PC, no se anima.
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Vos también podés enviarnos tus cuentos, nosotros los publicamos. Animate, estas páginas son para vos.

Ashton Moore

Briana Banks
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"Ana María"
Venturas y desventuras de un webmaster
por: EMILIO

Hay quien no sospecha el esfuerzo que hay detrás de una página web cuando quieres llevarla adelante con seriedad. Buscar un diseño agradable, una "marca" de fábrica, gráficos vistosos pero que no tarden mucho en cargarse... Y luego, cuando ya tienes montado el esqueleto, encontrar los contenidos más adecuados. Y muchas, muchas horas de trabajo, maqueteando, preparando, actualizando... Para que mis queridos y apreciados visitantes puedan tener cada día su página lista, cuántas noches hasta las tantas subiendo ficheros al servidor y haciendo ajustes de última hora.
Más de una vez he vuelto a casa de amanecida o me he quedado dormido junto al ordenador después del último teclazo.
Ya van para seis años que estoy con ella y siento el mismo entusiasmo del primer día porque cientos, miles de amigas y amigos, algunos de ellos anónimos, otros que se han hecho ya viejos conocidos, han seguido visitando fielmente la página.
Y también me han ocurrido muchas cosas interesantes a lo largo de este tiempo. Por eso es que quiero compartirlas también con vosotros...
Hace unos tres años recibí uno de tantos correos electrónicos a cuenta de la página, que hubiera pasado desapercibido en la bandeja de entrada si no fuera por el "aroma" especial que tenía. Os preguntaréis cómo es posible que un email pueda tener aroma. Para mí lo tiene, lo mismo que esas cartas "perfumadas" que después de leídas dejan una huella en el ambiente y que nos acompaña durante mucho tiempo. Ese es para mí el aroma de un mail: una especie de magia especial que hace que nos detengamos a releerlo y deseemos contestar enseguida.
Lo enviaba una chica de Madrid, que había conocido la página casi por casualidad, buscando material sobre nuestro bienamado Linux y había encontrado algún artículo de utilidad en mi sección de informática. Después de descargarlo a su disco duro invirtió un rato en recorrer toda la web y encontró varios relatos que le parecieron interesantes, otros más flojillos para su gusto, de diversas temáticas, pero que lograron captar su atención. Entonces, antes de desconectarse de la red decidió incluirla en la carpeta de favoritos.
Así comenzó una rutina de visitas, un par de veces por semana, pasando progresivamente a venir casi a diario. Y uno de los días posó el cursor del ratón en el enlace del correo y decidió escribir al webmaster, o sea, a mí.
El resultado fue ese correo que os comentaba. Se presentaba muy correctamente, contaba su interés por Linux y su amor definitivo por nuestros queridos pingüinos y luego comentaba asuntos relacionados con los relatos.
Hasta ahí podía ser como otros correos que llegan diariamente, a veces a cientos, a mi buzón. Pero éste era especial. Ana María, porque éste era el nombre con que firmaba, tenía una forma jovial, abierta y sin prejuicios a la hora de analizar la página, los relatos y sus contenidos y, sobre todo, de dirigirse a mí. Mucha gente puede pensar que soy una especie de súcubo, de demonio sexual que participa de todas las tendencias y perversiones imaginables y que sólo así se explica que mantenga una web con alto porcentaje de contenido sexual. Sin embargo ella comprendía sin dificultad que yo era una persona muy normal que, gustándome el sexo como a cualquier persona, no había hecho de ello una obsesión, sino una forma de disfrutar de la compañía, el trato y la proximidad de las mujeres, ese maravilloso fruto de la creación al que nunca agradeceré bastante al Buen Dios que nos haya puesto en la tierra.
Aprecié sus comentarios y opiniones sobre muchos temas. Me aportó observaciones interesantes sobre la página y la forma de desarrollarla. Algunas de sus críticas constructivas me hicieron reflexionar y cambiar cosas en el formato de presentación y en los contenidos.
Con el tiempo se me hizo natural el recibir correo suyo una o dos veces por semana y terminamos por establecer una buena amistad, eso sí, siempre virtual. Hasta que llegó aquel viaje a Madrid...
Cuando hubo secciones en la página que me supusieron beneficios económicos que me ayudaban a mantenerla y hacerla crecer, comenzaron también los viajes por España para entrevistarme con clientes y socios potenciales interesados en aprovechar las ventajas que ofrecía una web con tanta aceptación en el ámbito de habla hispana. Lo que había comenzado como un pequeño espacio insignificante en la red rebasó las cincuenta, las cien mil visitas.
Siempre había sido comodón y algo perezoso para viajar, pero no para hacer amigos y los viajes me proporcionaban esa oportunidad. Si no iba a poder actualizar con la regularidad habitual me gustaba prevenir a mis lectores insertando una pequeña cuña en la página principal. Esta vez hice lo mismo y comuniqué que iba a estar en Madrid un par de días. Y justo en el momento en que me disponía a desconectarme y coger las maletas para ir a la estación llegó al mail de Ana María. Me decía que acababa de leer el anuncio de mi viaje y que, si yo quería y tenía un hueco en mis planes, estaría encantada de que nos viéramos y conocernos al fin en persona. Y me daba su número de móvil al final del mensaje y me repetía que no dudara en llamarla. En el tren iba repasando mentalmente los asuntos que tenía que tratar y las estrategias a desplegar con cada una de mis citas comerciales, los beneficios mutuos que podíamos obtener y los puntos delicados de cada entrevista.
Ana María saltó a mis pensamientos también. De repente caí en la cuenta de que no la conocía más que por sus correos: nunca habíamos hablado por teléfono ni intercambiado fotografías. De hecho la consideraba como una buena colega linusera y sólo era factible que nos hubiéramos encontrado en algún intercampus o reunión maratoniana de "informáticos locos". Pero ahí tenía su teléfono anotado y realmente me picaba el gusanillo de conocerla.
El primer día en Madrid fue de locura, no paré un momento. Eran casi las nueve de la noche cuando entré en una cabina y metí una tarjeta con idea de marcar su número aunque sospechando que, si la avisaba con tan poca antelación, seguro que ya había hecho otros planes para esa noche.
Me contestó una voz agradable y bien modulada. De esas que inspiran confianza desde el primer momento, no sé si me entendéis. Una voz, lo mismo que la ropa, los coches y hasta un nick en icq o un chat, nos dan una información sobre su poseedor, algo así como un flash, como un telegrama informativo sobre la persona que los usa. Y su voz me resultó muy atractiva y además me decía que su dueña era una persona de las que pocas veces se encuentran sin apreciarlas al instante.
Cuando le dije quién era se alegró muchísimo, me preguntó por mi día de trabajo y, antes incluso de que yo lo propusiera, se ofreció a que nos viéramos. El tiempo justo de arreglarse y podíamos encontrarnos y me enseñaba un par de rinconcitos en Madrid para cenar y tomar una copa.
Quedé encantado y a su disposición para lo que tuviera pensado hacer. Me preguntó dónde estaba y me dijo que era un sitio muy cerca de su casa, por la zona de Atocha y que pasaría ella a recogerme en media hora. Que de momento podía esperarla en la Cervecería Alemana, en la plaza de Santa Ana y que fuera pidiendo una cerveza.

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